Por una vez seré la más bella ciudad

Las semanas previas a un viaje siempre están llenas de actividad. Compras de última hora, maletas, revisiones, planificación y demás cuestiones que rodean a cualquier desplazamiento (y más si va a ser tan largo).

Además de todo esto, y de un tiempo a esta parte, en #windicty hay cada día más cosas que hacer, más saraos a los que asistir. Algunos días hay tantas propuestas interesantes que lo ideal sería bilocarse, pero como a todo no se llega, hay que elegir (y renunciar, claro).

Anoche, sin embargo, no había dudas: era el turno de Nacho Vegas. El asturiano, que parece consolidarse en el mercado con La Zona Sucia, regresaba a Zaragoza para poner de largo en la Sala Oasis su último disco. No soy buena calculando, pero creo que no habría más de tres cuartos de entrada aunque el público estaba compuesto, en su mayoría, de fieles del artista, de esos que conocen sus imposibles letras y hasta hacen coros cuando toca, como anoche.

Fueron casi dos horas en las que Vegas y su banda (en la que destaca el maravilloso trabajo de Abraham Boba en teclados y acordeón) desplegaron un repertorio variado, presentaron casi toda La Zona Sucia y ofrecieron un concierto brillante, bien compensado y con un sonido elegante y sólido. De hecho, Nacho Vegas nos regaló en los bises uno de sus clásicos, El Hombre que casi conoció a Michi Panero, y cerró con una magnífica versión de El Mercado de Sonora. Taberneros, Perplejidad (coreada por el público y “muy bien”, según dijo el cantante), Canción de Palacio o Ezequiel fueron parte del setlist zaragozano.

La Zona Sucia es un trabajo maduro y más lleno de luz que los anteriores discos de Nacho Vegas. Sigue siendo el tipo que casi conoció a Michi Panero, pero si se esfuerza, como lo hizo anoche, es también la más bella ciudad

Lo dicho. En estas semanas previas en las que no sé cómo me organizaré iré contando por aquí también los preparativos. La vida, al fin y al cabo, es aquello que te pasa mientras haces planes, ¿no?

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Propósitos

Aunque falta más de un mes para que me marche a Londres, este blog es una de las cosas que tenía pendientes de hacer y quería solucionar ya. Como un propósito de Año Nuevo que, sin quererlo, comienza en April’s fools.

Estar a mil kilómetros de casa, digo yo, me empujará a escribir. Además, si alguien de mi entorno quiere seguir mis andanzas por las bibliotecas, universidades y museos británicos, podrá pasar por este rincón y leer y comentar lo que sea que vaya colgando. Y si alguien llega de casualidad hasta esta bitácora, que no sé si será de viajes o de sensaciones, será también bien recibido/a

Por eso, y a falta de un nombre mejor, he creado hoy Trece semanas en Londres.

Bienvenidas, bienvenidos. Nos leemos

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